Falta media hora para que inicie el partido inagural del Mundial entre México y Sudáfrica, y el barrio de Tepito viste la camiseta de la Selección Mexicana, exhibida en los locales donde los comerciantes también han colgado sus televisores para sintonizar el encuentro.
Las voces de narradores se replican, desfasadas por segundos, a lo ancho de la calle Toltecas. Y al mismo tiempo compiten con los gritos que pegan los vendedores no oficiales de la FIFA.
Una playera clonada que se oferta en 80 pesos en realidad cuesta 2 millones de pesos, según las multas de la organización internacional de futbol, que controla —o busca controlar— los precios de las prendas oficiales y las trasmisiones. Pero aquí en Tepito, como en muchos otros barrios, las prohibiciones sirven para hacer dinero.
Entre compadres comentan los costos exorbitantes de los boletos para acceder a las gradas del Estadio Ciudad de Méxicopara ver el juego.
—Valen 200 mil varos un boleto para verlo —dice un locatario.
—¡Nooo!, que voy a andar pagando 200 mil varos para ver puras mam*das —responde otro.
—Mames, compadre —dice el primero para molestar.
El evento de inauguración está por terminar. En una de las chelerías de la calle Aztecas una congregación de hombres y mujeres lanzan rechiflas y abucheos porque la señal de la tv «se fue». La mayoría porta la verde y la blanca. Sobre Matamoros, un bar clandestino al aire libre tiene instaladas tres pantallas y dos bafles que ponen el ambiente mundialistas en media cuadra.
La iglesia de San Francisco está abierta, milograsamente un jueves. A un costado de la cancha del Centro Deportivo Social Maracaná —la casa del equipo tepitño Las Gardenias—, la parroquia recibe a devotos mientras dentro una feligres recita un verso del Nuevo Testamento. «Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible».
Son 22 jugadores los que van a competir por una copa dorada. Ellos, a la verdad, harán saltar de alegría a cientos de tepiteños y habitantes de la Ciudad de México que, con algarabía, van a bailar, a sufrir por las oportunidades fallidas y a gritar un gol sostenido que eriza la piel, porque la fiesta ha comenzado.
Señores y señores, el evento inaugural acaba y el partido ha comenzado.